• Samuel Prieto Rodríguez

Baby Boomers, Gen X y Millennials, el cambio en el control del discurso y la narrativa


Lo integrantes de la llamada Generación X nacimos más o menos entre 1960 y 1984, dicen los que saben. Somos los del inicio de la transición del mundo analógico al digital, de los medios masivos unidireccionales a los interactivos y del control del discurso y la narrativa a la democratización de las ideas y las agendas. La comunicación se vive y se produce totalmente distinto. Pero no somos así de trascendentes. Esa evolución se dio con nosotros más como espectadores que como protagonistas.

Somos hijos de los Baby Boomers, generación conocida así por la explosión demográfica que se dio en su época de apogeo, quienes aún se informan leyendo un periódico impreso y viendo un noticiero de televisión, gustan de los programas de concurso, las telenovelas clásicas con historias rosas, documentales y películas. Para ellos, inflación, crisis y deuda externa son términos ampliamente conocidos por lo que comprar una casa en vez de rentar y construir un patrimonio para preservar su estabilidad eran las prioridades de su vida productiva. Laboralmente, sus valores son la antigüedad en el empleo, el aseguramiento de una pensión y de su permanencia en el establishment.

Son devotos de los valores tradicionales; conciben a una familia como heterosexual con la estructura de papá, mamá e hijos; observaron con asombro la llegada del hombre a la luna; protagonizaron el nacimiento de la televisión, el paso del blanco y negro al color, del teléfono de disco al de tonos y del telegrama al fax. Vivieron pero consideran parte de la siguiente generación la llegada de la PC, la telefonía celular e internet.

En contraposición somos padres de los Millennials, quienes niegan ver televisión aunque lo hagan porque admitirlo no es cool, pasaron de la electrónica fija y familiar a los dispositivos móviles y personales, de la TV a ser grandes consumidores de video online, de la radio a los contenidos descargables o en streaming y de la PC al smartphone y la tablet. Se informan en las redes sociales y en portales de internet con fenómenos virales, su activismo es cibernético, prefieren ser autodidactas mediante tutoriales en internet que pasar por un horario escolarizado y rígido y consideran el home office o el emprendimiento por encima de un lugar en el devaluado mundo de los Godínez.

En términos generales no profesan una religión, son liberales en cuanto a la estructura clásica de una familia y sus valores tradicionales, son idealistas, buscan trascender y se preocupan por temas relacionados con el regreso a lo natural como los alimentos orgánicos y el cuidado del medio ambiente.

Entre esas dos generaciones tan distintas estamos los de la llamada Generación X, tristemente conocida así porque prácticamente no tiene personajes icónicos o al menos destacados que la representen. Al inicio del siglo XXI la gran mayoría de los líderes mundiales en los ámbitos político, social y económico eran Baby Boomers y son reemplazados rápidamente por Millennials de alto calibre. Los Gen X no somos necesariamente protagonistas o siquiera promotores del cambio sino quedamos en el limbo.

Nuestros especímenes más longevos tuvieron problemas de adaptación para pasar de la máquina de escribir eléctrica a la computadora personal y después se quedaron al margen en la lucha por dominar el uso de internet, las redes sociales y el comercio electrónico. Los dispositivos tecnológicos de nuestra juventud terminaron siendo las partes menos memorables y relevantes de la evolución y por ello casi nadie los recuerda: la tarjeta perforada, el diskette, el cassette de audio y el de video en sus diferentes formatos desde 3/4 de pulgada hasta el digital. ¿Cuántos recuerdan su viejo walkman o discman?

Pero ¿cuánto y cómo han cambiado el relevo generacional y la evolución tecnológica a los mecanismos de comunicación? Mucho y radicalmente. Los medios tradicionales aún existen y siguen siendo fuertes. La experiencia muestra que no desaparecen. La radio no desplazó a la prensa escrita, la televisión tampoco a la radio e internet no ha hecho a un lado a la TV, pero es claro que una tecnología nueva en comunicación siempre impone su importancia sobre las precedentes y lo que hoy domina al discurso y la narrativa es la red.

La gran diferencia es la direccionalidad. Los medios tradicionales son básicamente una calle de un sentido mientras internet es una supercarretera con cualquier cantidad de cruceros, entronques, puentes, salidas, entradas y retornos. Esa característica es determinante. En México, a los Baby Boomers les tocó un discurso gubernamental autoritario y una narrativa dictada al grueso de los medios desde el poder así que una decisión política o económica, fuera buena o mala, se comunicaba prácticamente sin cuestionamientos. Los Millennials son mucho más libres y críticos así que pueden reaccionar, imponer sus puntos de vista e incluso su agenda y ser potencialmente un verdadero dolor de cabeza para un político o todo un gobierno.

Veamos, por ejemplo, lo que sucede en cuanto a la comunicación de políticas económicas. En 1973 el entonces presidente de México, Luis Echeverría, fue tajante: “La economía se maneja desde Los Pinos” y con esa afirmación despidió a su secretario de Hacienda, Hugo B. Margain, quien se oponía al despilfarro en el gasto público del mandatario, e impuso a José López Portillo primero como el responsable (o irresponsable) de esa dependencia y después como su sucesor. Las consecuencias, todos las conocemos e incluso las pagamos durante décadas.

En comparación, no podemos prever con seguridad las semanas y meses próximos pero en este momento los indicadores macroeconómicos no muestran objetivamente que haya una crisis económica en el país. El tipo de cambio que llegó a los 21 pesos tras el ascenso de Donald Trump al poder en Estados Unidos se ha apreciado incluso hasta los 19; las cifras de empleo, si bien no son las deseables, son de las más destacadas en años; el consumo interno no ha caído realmente; las exportaciones no petroleras mantienen su dinamismo; la inflación se ha mantenido bajo el control esperado tras el gasolinazo; etc. El único factor real de preocupación es el desequilibrio en las finanzas públicas y el alto endeudamiento como proporción del Producto Interno Bruto, que no es asunto menor.

Aun así, contrario a Luis Echeverría, Enrique Peña Nieto no ha podido fijar el discurso ni la narrativa. En vez de autoritario tiene la etiqueta generalizada de ser particularmente corrupto y tonto. Sostiene frecuentemente que la crisis sólo está en la mente de sus detractores pero no logra cambiar la percepción de muchos opinólogos, comentócratas y activistas en las redes que imponen el suyo como el veredicto popular. La explicación es simple: la narrativa ya no es tan controlable y la discusión es entre más posiciones. Que no haya crisis es una mala noticia para quienes apuestan al 2018 desde la oposición con discursos populistas y mesiánicos.

Las redes pueden construir y destruir prestigios, sepultarlos en un parpadeo y ocasionar hecatombes antes totalmente evitables con un poco de control de daños, manejo de crisis, cortinas de humo y otras utilidades. Hoy ya no es tan fácil cuando se trata de una posición institucional. ¿Mala semana? Mire a United Airlines y se le pasa. Luego de un video viralizado en que se ve al pasajero David Dao, de 69 años, ser bajado a rastras de un vuelo sobrevendido, la línea aérea pasó por una fuerte turbulencia accionaria que le causó bastantes millones de dólares en pérdidas y un descrédito del que tendrá que salir con bastante esfuerzo, muchas disculpas y más millones.

Son sólo ejemplos. Entre Baby Boomers y Millennials, el discurso y la narrativa son la diferencia.

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