• Samuel Prieto Rodríguez

Las garantías reales para Azucena (y todos los periodistas)



La amenaza hizo mucho más eco del de por sí tristemente habitual porque en esta ocasión la espada de Damocles no se hizo pender sobre la cabeza de un reportero de a pie sino la de una conductora de noticiero nacional en horario estelar, además de otro al mediodía y uno más en la radio vespertina.


“A ti, Azucena Uresti, una cosa te hago saber. No seas pendeja y bájale de huevos porque te aseguro que si sigues tirándome, te lo aseguro, donde sea que estés doy contigo y haré que te comas tus palabras aunque me acusen de feminicidio”, fue el amago en la voz de uno de los sujetos armados y encapuchados que aparecieron en el video, quien dijo hacerlo a nombre del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, Rubén Oseguera Cervantes ‘El Mencho’.


La organización criminal extendió su amenaza a Milenio, donde trabaja Uresti, medio al que acusó de recibir dinero de las llamadas autodefensas que, según su versión, en realidad son grupos delictivos rivales. También a Televisa y El Universal por su cobertura noticiosa. “No estoy en contra de la libertad de expresión, pero sí de quien me tira a mí directamente. No acarreen ustedes con problemas que no les corresponden porque nunca le he pegado a ningún noticiero porque nunca me habían pegado a mí directamente”.



Ahí una clave del gran problema que aqueja al periodismo en varios frentes: ‘ejerce tu libertad de expresión mientras no te metas conmigo’. Actitud que mantiene igual el anfitrión de las mañaneras con todo y su “quién es quién en las mentiras de la semana” que califica como falsedad todo trabajo periodístico que documente críticamente su desempeño, que ahora el cártel de la droga más ávido de presencia mediática a modo.


DE LA MERCADOTECNIA A LA COERCIÓN


El fenómeno no es tan nuevo pero lo que sí ha ido cambiando es el método. La razón de ello es elemental: si bien siempre ha sido común que adquieran dominio del territorio donde se originan y ubican sus bases de operaciones para moverse libremente incluso con el apoyo y encubrimiento de los habitantes, la proliferación de cada vez más cárteles hace que las disputas ya no sean únicamente por rutas de tráfico de drogas, sitios para el huachicol o redes de narcomenudeo, sino por el control de cada vez más territorios en el país.


Eso significa necesariamente construir base social y para ello utilizan una versión bastante más radical y sangrienta de lo que hace el populismo: el pueblo es la comunidad que buscan dominar presentándose como héroes salvadores y benefactores mediante dádivas y obras sociales para sustituir al gobierno e imponer su ley; el antipueblo son las fuerzas de seguridad, el ejército y los grupos rivales del crimen organizado a quienes, como en las guerras de conquista, hay que arrebatarles sus zonas de dominio. Esa es la razón por la que ahora resulta que a los capos de la mafia les es muy importante lo que se informa sobre ellos y sus enemigos en los medios.


El gobierno mexicano tiene clara e incluso mapeada la distribución del territorio entre los grupos de la delincuencia organizada. ¿Qué hace al respecto? Básicamente, quedar rebasado.



Tradicionalmente a los capos del narcotráfico siempre les ha sido importante construirse una figura legendaria. Más allá de la fascinación por el submundo clandestino con su adrenalina, millones, poder, excesos, excentricidades y toda la parafernalia diseñada para su idealización en general, suelen tener una obsesión por encontrar maneras de perpetuar su propia imagen.


Lo habitual es que encarguen la composición de un narcocorrido que los exalte o alguna producción audiovisual biográfica, anecdótica o hiperbólica para la posteridad.



Esa especie de culto a su persona se refuerza con el ensalzamiento de su imagen en narcoseries que muestran versiones estereotipadas y aspiracionales de su actividad ilícita como las que se han producido por montones en los estudios propiedad del principal propagandista del actual mandatario mexicano.


Incluso los capos que prefieren permanecer en las sombras, buscan de repente algún reflector. Como Rafael Caro Quintero, liberado en agosto de 2013 y buscado desde entonces nuevamente sobre todo por el gobierno de Estados Unidos, dio una entrevista en 2016 a Anabel Hernández en la que ni dio nota realmente, ni la reportera le sacó alguna. ¿Cuál fue su propósito de fondo para dejarse ver frente a una cámara? Solo él y los destinatarios del mensaje subyacente lo tendrían claro.



Lo mismo sucede con Ismael ‘El Mayo’ Zambada, por décadas jefe máximo del Cártel de Sinaloa, se dice que incluso siempre por arriba del mediático, apasionado y hasta cursi ‘Chapo’ Guzmán. A diferencia de él, Zambada es tan reservado que únicamente hay dos o tres fotografías conocidas pero en 2010 se dio la licencia de recibir al periodista Julio Scherer García y aparecer con él en la portada de la revista Proceso.



El estilo de Rubén Oseguera Cervantes ‘El Mencho’, cabeza del Cártel Jalisco Nueva Generación, es el contrario. Si bien no es de apariciones personales con rostro descubierto, sí tiene un gusto particular por el terror, la intimidación y el alarde lo más público posible.


En los primeros días de julio sus sicarios iniciaron una ofensiva contra otros grupos paramilitares rivales y las fuerzas de seguridad en Aguililla, Michoacán, lugar que le representa un territorio de dominio significativo porque es su pueblo natal. En redes aparecieron fotografías de sus integrantes uniformados y armados, equipados además con un dron adaptado y un par de vehículos artillados y con blindaje hechizo, identificados con las siglas CJNG y FEM, estas últimas referentes a la denominación Fuerzas Especiales Mencho.



En cuanto a atentados, dispuso el del 26 de junio de 2020 contra el secretario de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, Omar García Harfuch, a la luz del día, en una de las zonas más exclusivas donde hay representaciones diplomáticas y habita una buena parte de la crema y nata de la política y los negocios. También se le atribuye haber ordenado el homicidio del exgobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, en el bar Distrito 5 en Puerto Vallarta.


LA AMENAZA CONTRA AZUCENA


Dados esos y bastantes otros antecedentes, la amenaza contra Azucena Uresti no es un asunto soslayable. Por supuesto, ella ha recibido la solidaridad de todo el gremio. El gobierno salió presuroso a comprometerse a protegerla.



¿Confiamos en ello? Más allá del bullying presidencial continuo contra la prensa, que es parte del ambiente de confrontación que mantiene en el país, los números documentan claramente la ineficacia del Estado mexicano para cuidar no solo a los periodistas sino a toda la población.


NÚMEROS DEL TERROR


De acuerdo con el conteo de la organización Artículo 19, en los primeros 32 meses del sexenio (diciembre, 2019–julio, 2020) han sido asesinados 21 periodistas, número 31.2 por ciento superior al registrado en el mismo lapso de la administración de Enrique Peña Nieto, cuando hubo 16 crímenes de informadores. También es 10.5 por ciento mayor que los 19 homicidios ocurridos en igual periodo del gobierno de Felipe Calderón.


Todavía más, la Secretaría de Gobernación reconoció el 12 de julio que desde el inicio de esta administración en realidad van 43 informadores muertos y a ellos hay que sumar por lo menos a Abraham Mendoza en Michoacán el 19 de julio y a Ricardo López en Sinaloa el 22 de ese mes. Es decir que los 21 comunicadores asesinados del conteo de Artículo 19 son en realidad más del doble: 45. Por cierto, siete de ellos ultimados aun bajo el cuidado del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas.


De regreso a los números de Artículo 19, las agresiones contra la prensa se duplicaron en el lopezobradorismo. De enero de 2019 a diciembre de 2020 sucedieron 1301. En el lapso similar del peñanietismo hubo 656.


¿Qué tan fácil es agredir o matar a un periodista sin que haya consecuencias? El índice de impunidad es superior al 98 por ciento.


No, las garantías de seguridad para Azucena Uresti no son reales. Tampoco para ningún otro periodista.