• Samuel Prieto Rodríguez

Libertad de expresión, primera víctima de guerra



La última emisión del canal ruso TV Rain fue la renuncia al aire de su directora, Natalia Sindeyeva, y los periodistas que la acompañaban con un mensaje claro de “no a la guerra”. Habiendo salido todos del estudio ese jueves 3 de marzo, lo siguiente que se observó en pantalla fue una representación del ballet El Lago de los Cisnes, que fue otra forma de protesta y simbolismo político. Después, nada.



Ya en la calle los comunicadores no tuvieron tiempo ni de despedirse, había que correr porque la policía ya iba por ellos y a tomar posesión del edificio. En las horas y días siguientes, varios tuvieron que irse del país tras recibir numerosas amenazas, comentó el redactor en jefe, Tikhon Dzyadko, en Telegram. ¿El delito que cometieron? Llamar guerra a la guerra en vez de “operación militar especial” y posicionarse en favor de la paz.


La señal de TV Rain no solo salió del aire. El acceso a su sitio web fue bloqueado y todos los videos de su canal de YouTube dejaron de estar disponibles.



TV Rain, o en ruso Дождь (Dozhd), no era un canal pequeño. Su área de cobertura, más allá de su país de origen, llegaba a Estonia, Georgia, Moldavia, Letonia, Lituania e incluso Israel.


Otro medio de comunicación cerrado por el gobierno ruso es la emisora de radio Eco de Moscú, una de las más emblemáticas del país y también una de las voces más conocidas por su perfil crítico.



El gobierno de Rusia tiene un Servicio Federal de Supervisión en el Ámbito de las Comunicaciones, las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones Masivas, conocido como Роскомнадзор (Roskomnadzor), que tiene los reglamentos y mecanismos necesarios para coartar todo nivel de libertad de expresión o cerrar un medio de comunicación sin mayor problema.


El artículo 15.3 de la ley 149-FZ "Sobre la información, las tecnologías de la información y la protección de la información", según su página web, “regula el procedimiento para restringir el acceso a sitios en Internet que contengan información que convoque a disturbios masivos, actividades extremistas o participación en eventos masivos realizados en violación del procedimiento establecido, información no confiable socialmente significativa difundida bajo la apariencia de información confiable, mensajes que crean una amenaza de daño a la vida y/o la salud de los ciudadanos, la propiedad, una amenaza de alteración masiva del orden público y/o la seguridad pública”.


O sea, además de las libertades de información y expresión, ya mejor ni hablamos de organización social y protestas públicas.


¿Suena familiar? Como unos cuantos ejemplos, eso hizo Hugo Chávez con el canal opositor Radio Caracas Televisión el 27 de mayo de 2007. En una escala menor pero también muy peligrosa, el 30 de junio de 2021 el presidente mexicano, López Obrador, inició su ejercicio Quién es Quién en las Mentiras de la Semana, en que su colaboradora Ana Elizabeth García Vilchis señala las notas e investigaciones que develan malas prácticas de gobierno y corrupción, aunque en realidad nunca ha desmentido alguna con pruebas. Lo que sí hace ese ejercicio, al igual que los señalamientos presidenciales continuos contra medios y periodistas que le son críticos, es azuzar la violencia contra ellos y más sabiendo que este es el sexenio en que más informadores han sido asesinados.


BBC, BLOOMBERG, CBC, CBS, CNN...


El viernes 4 de marzo, la Duma Estatal y el Consejo de la Federación (las dos cámaras del parlamento ruso) aprobaron enmiendas al código penal que prevén cárcel hasta por 15 años y en algunos casos hasta 5 años de trabajos forzados, además de multas que pueden llegar a los 5 millones de rublos (unos 45,600 dólares) por la difusión de "información falsa" sobre las acciones de las fuerzas armadas de Rusia y la incitación a nuevas sanciones contra el país.



La reacción inmediata de los medios de comunicación occidentales, detener la actividad de sus oficinas y corresponsales en ese país para no ponerlos en el grave riesgo adicional de vivir esas sanciones.


EL LAGO DE LOS CISNES


Decíamos antes que lo último que transmitió TV Rain, una de las pocas voces críticas que quedaban en Rusia, fue una representación del ballet El Lago de los Cisnes. Claro que no lo hizo como un broche de oro sino uno de presión y protesta, y un simbolismo político recordando otro episodio complejo de la historia de su país: en agosto de 1991, eso transmitía la televisión estatal mientras los comunistas de línea dura daban un golpe de Estado contra el líder soviético Mijail Gorbachov, quien era arrestando en su casa de Crimea en un último intento de dar marcha atrás a la reforma para liberalizar el sistema político, conocida como Glasnost, y a la apertura económica aplaudida por el mundo como Perestroika.



Ya nos sabemos la historia. Ese intento no terminó de fructificar porque los comunistas no contaron con que otro rival antidemocrático de Gorbachov, Boris Yeltsin, aprovechó el río revuelto para hacerse del poder. La estampa es histórica: se subió a un tanque y arengó a los rusos a luchar por su libertad. Miles levantaron barricadas y se enfrentaron durante tres días con el ejército, ocasionando las miradas de todo el planeta.


El cuento de que la democracia había ganado terminó desmintiéndose muy rápido. La Unión Soviética sí acabó disuelta, pero Rusia solo había cambiado de figura autoritaria. Al finalizar el siglo XX, Yeltsin heredó el poder a Vladimir Putin, quien no lo ha soltado ni durante los cuatro años en que la Constitución no le permitía reelegirse y se convirtió mientras tanto en primer ministro.


RUSSIA TODAY, SPUTNIK...


Una de las herramientas de comunicación del gobierno de Putin más extendidas es Russia Today (RT), creada en 2005 por su antiguo ministro de comunicaciones, Mijaíl Lesin, y su portavoz, Alekséi Gromov, bajo la idea de que en occidente “Rusia es asociada con tres palabras: comunismo, nieve y pobreza. Queremos presentar una imagen más completa de la vida en nuestro país”.


La verdad es que RT nunca ha ocultado el origen de su financiamiento y el propósito de su existencia, incluso es un componente frecuente de su publicidad, como en este anuncio de 2017 en el Metro de Londres: “The CIA calls us a 'propaganda machine', find out what we call the CIA” (La CIA nos llama 'máquina de propaganda', descubra cómo llamamos a la CIA)



Esa empresa creció muy rápido con el dinero del presupuesto público ruso. Comenzó transmisiones el 10 de diciembre de 2005 con informativos en inglés. En 2007 ya había abierto Rusiya Al-Yaum en árabe; en 2009, RT en Español, también conocido como Actualidad RT; en 2014, RT Deutch, RT France y así otras señales.


En 2010 lanzó su canal RT America para Estados Unidos, con oficinas en Nueva York, Houston, Miami y Los Ángeles. Claro está, desde el pasado 4 de marzo, dio fin a sus transmisiones y comenzó el despido de todo su personal dado que las operadoras de TV de paga lo sacaron de su oferta de contenidos.


Los países que se han sumado a la condena de la invasión a Ucrania y a las sanciones contra Rusia incluyen el bloqueo de la señal de RT que llegue a sus territorios al igual que los contenidos de Sputnik, una agencia de noticias con servicios web y de radiodifusión, también del gobierno ruso, con oficinas regionales en Washington, El Cairo, Pekín, París, Berlín, Londres, Edimburgo y la India. Se autodescribe como enfocada en política mundial y economía para un público internacional, pero al menos por ahora también está marginada en buena parte de sus áreas de cobertura.


INTERNET Y REDES SOCIALES


Además de los medios, el conflicto se extendió a las redes sociodigitales. Twitter por una parte y Meta por la suya con sus plataformas Facebook e Instagram, dejaron de dar proyección a los contenidos de medios de comunicación rusos. En respuesta, Rusia cortó al acceso a esas redes en su territorio. La china TikTok se fue en protesta por la invasión a Ucrania, que el gobierno de Xi Jinping también terminó por desaprobar, al menos políticamente.



El gran problema con todo ese bloqueadero de señales y contenidos en ambos bandos, es que termina siendo imposible para las audiencias tener acceso a las posiciones encontradas sin tanto manoseadero en las interpretaciones. En ambos lados del conflicto, el contrario es el malo de malolandia, lo que es absolutamente entendible, pero como en el yin-yang del taoísmo, sería muy objetivo entender lo bueno que hay en lo malo y lo malo que hay en lo bueno para tener una visión más clara de la realidad global.


Por otra parte, hay una posibilidad muy clara de que a occidente termine saliéndole el tiro por la culata. Rusia tiene un desarrollo de internet tan avanzado que, recordemos, fue acusada de usarlo para influir en la elección de Donald Trump en Estados Unidos y frecuentemente se le señala como la fuerza oscura tras el hackeo de sistemas gubernamentales, civiles y hasta financieros en muchas partes del planeta. Que genere su propio internet no resultaría nada sorpresivo, de hecho, el proyecto en marcha existe desde 2014 bajo el nombre de RuNet.


No sería el primer país en concretar esa idea. China lleva años con un internet absolutamente acotado, regulado y vigilado en que los gigantes tecnológicos occidentales no caben. Tiene sus propios equivalentes de Netflix (iQiyi), YouTube (Youku), Instagram (Douyin), Twitter (Weibo), Facebook y WhatsApp (WeChat), e incluso la red sociodigital de origen propio, TikTok para el mercado internacional, tiene su versión china llamada Douyin.


LAS MÁS DE MIL SANCIONES


Las más de mil sanciones de occidente están orientadas a estrangular la economía rusa y pasan hasta por marginar a siete de sus bancos más importantes del sistema SWIFT que integra servicios fundamentales a nivel mundial como los pagos interbancarios, comercio exterior y transferencias. Esto también podría ser contraproducente porque empujará a Moscú a fortalecer otro sistema de pagos interbancarios con Beijing, lo que terminaría por restar más peso a las operaciones en dólares a nivel global.



La estrategia de Estados Unidos ya va en el punto en que prohibió comprarle energéticos a Rusia. Europa no puede darse ese lujo. En respuesta a sus ahora enemigos de nuevo, el Kremlin anunció que dejará de exportarles granos, lo que también va a generarles muchos problemas de abasto e inflación.


De Rusia no solo se han ido Deloitte, EY, KPMG, PwC, o servicios financieros como American Express, Mastercard y Visa, o bienes de consumo como Unilever, o restaurantes como McDonalds y Starbucks, o la refresquera Coca-Cola, o proveedoras de hardware como Apple y Samsung, o plataformas de streaming como Netflix, sino muchas marcas más. ¿Qué tanto le afectarán todas esas salidas de su mercado? Mucho, en definitiva, pero no significa necesariamente que vaya a ceder, o al menos no tan fácilmente. De hecho, la historia demuestra que cuando los habitantes de un país se convierten en víctimas de esas circunstancias, incluso terminan radicalizándose en favor de su propio gobierno. Sucedió en su momento en Cuba y después en Venezuela, aunque las consecuencias en el largo plazo también hayan sido desastrosas.


De todos los escenarios posibles, el peor es una Tercera Guerra Mundial que terminaría con la humanidad extinta. Entre los menos malos, en caso de un vencido, el vencedor no se irá nada limpio. Los efectos para la economía global pueden llegar a ser tanto o más caóticos que los de la pandemia y cambiarán la geopolítica de maneras que pueden resultar muy explosivas.


Y en todo ese marco, la primera baja de guerra es la libertad de expresión.